Mariposa Aterciopelada


 


                       Una mariposa abrió sus alas en mi hombro, se posó suavemente y desplegó un arcoíris de colores que destellaron palabras de amor en mis oídos, que iluminaron mis ojos hasta llevarlos al límite de su perfecta belleza. Ella como salida de su insuperable armonía movía suavemente sus alas, y su aleteo -suave movimiento de una perfección que nunca antes había contemplado-, complacieron mi rostro con cálidas brisas. Y cuando mirándola expectante una de sus alas rozó mi cuello, cayó a mis pies como dormida.

                La tomé entre mis manos acariciándola con las yemas de mis dedos que destilaban las impaciencias de mi corazón expectante, queriendo que despierte de su dulce sueño. Me recosté a su lado, y ella entre mis manos podía sentir el calor de todo mi cuerpo sobre el suyo, tal vez escaso de perfección a comparación de su belleza inclaudicable.

                Cuando hube despertado, tal vez minutos u horas después, mis pupilas se dilataron a un tiempo, y sin palabras, mas con la boca abierta pude contemplar que aquellas alas ahora eran largos rizos, enredados entre mis dedos, que su pequeño y frágil cuerpo había evolucionado a perfectas formas que como aterciopeladas piernas se enredaban entre las mías. Sus párpados aun cerrados parecían esconder ojos pardos, completos en sí de una mirada dulce y penetrante. Acaricié suavemente su rostro, su boca y sus sedosos labios que invitaban a ser besados. Repasé lentamente cada una de sus nocturnas curvas, perdiéndome en aquella infinita belleza y en mis pensamientos agitados, mi respiración acelerada me gritaba acordes de canciones que nunca antes había escuchado, pero que pronunciaban aquellas palabras que me empujaban a besarla sin dudarlo, sin pudor.

                Apoyé mis labios contra los suyos, un solo beso solícito e impaciente mojó su boca como un rocío primaveral. Parpadeó una, dos veces, y cuando contemplé la frescura de su mirada pude ver que sus ojos se clavaron en los míos. Aquellos preciosos labios dibujaron una sonrisa, y mi boca susurró un dulce ¨al fin te hallé¨. Y como si todo lo que nos rodeaba hubiese desaparecido en ese mismo instante, su brazo rodeó mi cuello, su mano acarició mi nuca y una electricidad recorrió cada centímetro de mi atónito cuerpo, que unido al suyo despojado de toda vergüenza, pero cubierto de las finas hojas de flores azules como el océano mas cálido, se fundió en el mismo momento que pronunció las palabras mas perfectas, esas que reconfortan hasta el corazón más quebrantado: ¨era yo la que siempre te hube buscado¨.

                Los rayos del sol mojaron nuestro pecho, los árboles que nos rodeaban, fieles testigos del nacimiento de aquel amor que se gestaba con cada mirada, con cada caricia entregada entre ambos, para ambos, con sus verdes hojas como arpas terrenales nos hacían entender que nos habíamos encontrado para ser inseparables. Que al fin toda búsqueda pasada había llegado a su preciso fin. Mas cuando nos hubimos erguido ella me llevó a recorrer praderas plagadas de perpetuas margaritas, que simbolizaban aquella inocencia, y la misma belleza que ella hacía resplandecer para regalármela en el mismo vuelo que emprendíamos juntos.

                Sin pensarlo, lejos de toda premeditación configurada en nuestros pensamientos colmados de la pasión de nuestro propio amor, nos posamos bajo la sombra del techo que nos dio cobijo, y allí besándonos con la fuerza de la misma pasión irrefrenablemente única le prometí amor eterno, fui el confidente de mi búsqueda interminable, la que sin entenderlo no terminó hasta haberla encontrado. Ahora cuando ella me mira, cuando me acaricia, cuando me besa, y cuando sus piernas rozan mis muslos, o cuando sus labios susurran a mi oído las palabras que solo un corazón dichoso de que el suyo se acompase con el mío, recién puedo comprender que en otro tiempo no la había encontrado no porque no existiese, sino porque no debí haber estado preparado para hallarla.

                ¨Volemos juntos. ¨ -Dijo-. Con sus brazos rodeó mi cuerpo. Ahora me lleva a conocer lugares perfectos, ahora le pertenezco en cuerpo y alma. Y cada mañana, cada noche, cada madrugada vuelvo a acariciar sus alas, para que nuevamente, indefinidamente y a mi lado, me lleve como cada día a su lado y colmado de su compañía, a recorrer nuevos campos, nuevos rincones de este amor…interminable.


                                                                                                 Martín Ramos


Veritas Vltima Vitae


 

                  Hacía días enteros y noches oscuras que obligaba a su cuerpo soportar el sacrificio cruel de la devastadora soledad del alma, la misma que lo conducía a transitar un día más. Teseo se emparentó con Ariadna para cometer su ¨noble homicidio¨, él no estaba solo, pero no tenía a nadie ahora.

                Una de las tantas noches en que meditaba sobre su tormentoso pasado pensó una y otra vez, no en vano, en llevarse el cañón a la boca. Los días -enteros-, las noches absurdamente pegajosas, transformaron sus pensamientos negativos en incluyentes sucesiones de hechos que lo habían llevado hasta aquel pesado estado agónico.

                Levantaba su cuerpo del asiento con una pesadez mortecina y, nuevamente volvía a comenzar la patética rutina que día a día le pesaba vivir. El Laberinto de Creta parecía reproducirse fotograma a fotograma en sus pardos ojos cansados de impertinentes promesas que en vano se esfumaron entre sus manos.

                Conoció los mas bajos instintos, los que sacuden el cuerpo tan fuertemente que desprenden las hojas de la vida. Sufrió vejaciones tales que debió redimirse a la pura obsecuencia de esperar impacientemente que el fin se acerque veloz, como un viento huracanado. Soportó que las necesidades de cualquier hombre fuesen secundarias, para aplacar cualquier pensamiento estúpido que lo llevase a la locura. Tejió redes con fotos de sus seres queridos, armó rompecabezas con recuerdos erosionados por el tiempo.

                Aquellas personas que en el pasado habían prometido con la boca cosas que el corazón negó, se interesaron en cualquier cosa menos en su turbulento presente. Otras trataron de apaciguar las angustias que le cerraban la garganta hasta no dejarlo respirar. Con éxito, éstas lograron mantenerlo con un hálito suficiente de vida que reservaba para los momentos de catástrofe interior. Pero su batalla continuó, una y otra vez desenvainó la espada para cortar lazos que siempre fueron endebles e invisibles, pero que allí estaban.

                Un miércoles o jueves, no lo recuerdo bien, decidió treparse al árbol frondoso de la esperanza. Escaló cada una de sus frágiles ramas para poder llegar a la cima que parecía negársele. Cuando pisaba en falso, la caída era estrepitosa, el suelo era tan duro como los mismos golpes que recibía con cada cachetazo subrepticio y maligno en su cuerpo, mellado por cada uno de aquellos infortunios. Con su grave mirada volvía a descubrir nuevos caminos para llegar a la cima. Aquel árbol lo desafiaba para que trepase, y en ocasiones creyó que una lívida sonrisa irónica, despreciable, lo incitaba a volver a intentarlo. Una vez más.

                Pensó en encontrar algún tipo de instrumento mecánico para arremeter con aquel obstáculo que frente a él se erigía, virtuoso e implacable. Las personas que por la calle transitaban con miradas indiferentes, se reían de su malogrado esfuerzo y con carcajadas románticas aturdían sus oídos llenos de la angustia del estrepitoso ruido producido por los llantos de niños que trataban de consolar su impertinente voluntad.

                Una vez más escaló aquellas ramas endebles que lo conducirían a aquella cima, triunfante. Con gran esfuerzo logró ascender, pero su tenacidad era tan grande como su ego, por lo que luego de días de manos destrozadas y pies mellados por aquel sacrificio logró llegar hasta la tan mentada cúspide.

                Allí, en aquel lugar, al igual que Virgilio con Dante, leve paralelismo de la realidad en asincrónicas circunstancias, alguien se presentó acometiendo un brazo hacia donde él se hallaba estático y apesadumbrado. El que lo recibió le dijo con gran ímpetu: ¨Aquí en la cima del árbol de la esperanza la vida te juega una pasada, esta inevitable jugada estimado amigo te ofrece dos únicas opciones, las que se me está permitido señalarte. Aquí a mi izquierda, como podrás apreciar, se encuentran tus errores cometidos por la negligencia, que todo hombre carnal dejándose llevar por por efímeras apariencias cree que aquello que enceguece a los ojos conviene al cuerpo y al corazón, tal que abandona toda razón para obtenerlo y pensar en ilusiones que jamás reconfortarán el espíritu, y que nunca lo harán. Míralos atentamente y recuerda las buenas y malas cosas que el reflejo de la apariencia te hizo feliz e infeliz a un tiempo. Examina lo que un hombre puede hacer por el solo hecho de observar con los ojos y no escudriñar con el corazón. Intensifica ahora tus sentidos y escucha lo que tus errores tienen para decirte. ¨ En aquel momento, un avasallante ruido seco ensordeció a aquel que había caído en una perversa trampa pergeñada por abominables seres que lo habían hundido en sus apestosas heces.

                Podía ver risas de satisfacción, como si aquellos se jactasen de su propio sufrimiento. Escuchaba carcajadas urdidas por las mismas bocas que en otros tiempos ofrecieron falsas sonrisas, dulces palabras que hoy se transformaban en amargos recuerdos. Vio las inescrupulosas actitudes que lo habían llevado a un abismo tan profundo como el vacío de esas personas en su corazón, tallado por cinceles crueles y no por las manos divinas. En fin, allí estaban los que hoy disfrutaban enceguecidamente de su sufrimiento.

El asco que esto le produjo debilitó sus pies al punto de quebrantarlo y hacerlo caer nuevamente al abismo. Vomitó blasfemias contra aquellos para expulsar su propia culpa, la de haberse equivocado tan atrozmente. Luego de ello el otro volvió a hablar: ¨Como podrás ver aquí de este lado, las apariencias del cuerpo engañan cuando no son acompañadas por un noble corazón, sincero. Amigo mío -dijo-, si te dejas llevar por este pecaminoso camino volverás a caer en lo mas profundo de las tinieblas que hoy se posan sobre ti. Es tu decisión, la cual otros ya tomaron, pero de igual forma, eres libre de elegir de ahora en adelante.

                Volvió su vista con un asco que se reflejó en un estremecimiento repentino. Y nuevamente habló el otro diciendo: ¨Aquí a mi derecha está la prudencia, la cual pocos hombres ven, porque a diferencia de tus errores, ésta no se presenta como león vestido de cordero, por el contrario, tú y solo tú debes saber que en ella se encuentran los deleites mas exquisitos, que  a veces no son vistos por los ojos, mas si recibidos con alegría por el alma y el corazón. Debes saber bien que aquí el regocijo de tu alma es lo mas importante que tiene este otro lugar, que no importa lo que tus ojos digan, sino lo que tu corazón sienta. Entonces mira y escucha muy atentamente, pues no has venido hasta aquí sino para elegir lo que quieres de ahora en adelante mi calamitoso amigo.¨ Entonces aquel pobre diablo alzó los ojos hacia la prudencia, y con regocijo en el alma pudo ver que allí estaban los que siempre estuvieron, los que endulzaron sus oídos con suaves y tercias palabras que de la boca emanaban pero que con el corazón producían. Vio claramente el amor, vio con sorpresa que allí estaba la felicidad que había perdido hacía tanto tiempo, confundida ésta con buenos pero insignificantes momentos.

                Logró comprender que a diferencia de las apariencias, aquí había corazones nobles que estaban decididos a recibirlo nuevamente, sin remordimientos ni reproches a éste que dejado llevar por las narices se hundió en pesados sueños en días y noches oscuras.

                Allí se encontraba lo que siempre tuvo pero que nunca pudo ver, lo que le fue negado al corazón por la ceguera de ojos inertes. Todo lo que necesitaba estaba allí, en la prudencia. Allí lo esperaban los que siempre lo habían cuidado, los que lo habían rescatado del mas profundo abismo. ¨Entonces amigo mío -dijo el otro-, ahora es momento que tu decisión sea tomada por tu sabia pero antes corrompida mente y por tu corazón, que en este momento pueden decidir lo que te hará feliz de ahora en adelante, aquí está la paz del espíritu, el perdón y luego de ello la esperanza volverá a renacer dentro tuyo. Elige lo que de una vez por todas y para siempre perdure en tu alma y en tu corazón. Elige pues. ¨

                Un leve rocío comenzó a caer sobre ambos mojando un lado y haciéndolo reverdecer, mientras que el otro apagaba las carcajadas que cada vez se escuchaban mas lejanas. Por fin y en un solo instante, aquel pudo cruzar una endeble rama que frágilmente se hallaba bajo su pie, la diestra fue elegida para alcanzar lo que tanto anhelaba durante todo el tiempo que había perdido, ahora el reloj comenzaba a avanzar velozmente, ahora y solo ahora estaba convencido que en el pasado quien se había acercado prometiendo verdades falaces, se hundía bajo la misma miseria en la que hasta en ese momento él se hallaba.


                                                                                          Martín Ramos (2019, oct.)

Antíope


 

         

            No supieron que aquel día ocultaba tras su profusa tiniebla los rasgos macabros de un apocalipsis inminente.

                  El sol ya no era el mismo, sus cuerpos, inertes, yacían sobre el suelo, a esa altura resignados, casi muertos.

             Sumergidos en su agonía tal vez recordaban épocas pasadas, ahora todo aquello solo era un feliz y al mismo tiempo lejano sueño escurridizo, imborrable, al mismo tiempo efímero. El fin se acercó irremediable, obsecuente. Ellos, Interhumanos, solo podían esperar el desenlace fatal e inexorable.

             Sobre sí el cielo cerró su inflexiva palidez y seguramente Antíope, esa ciudad olvidada, en el instante final dejaría de existir llevándose consigo aquellas almas que comenzaron a claudicar.

         El compromiso que detentaron con el mal los destruyó, no mostraron arrepentimiento, al contrario, sentían orgullo.

               Subsecuente al cataclismo devastador, una tenue lluvia mojó los campos, ahora aquella tierra estaría limpia, libre de una potestad que nunca les perteneció, para siempre.

 

                                                                                                              Martín Ramos


Hans Gunter




 

            Hans Gunter estaba sentado detrás del sillón de su despacho, fumando un puro a la espera de ¨la orden¨. ¡Dime que ellos no lo saben y entenderé que las cosas son la pura sumatoria de hechos que se desencadenaron trágicamente, ellos lo saben, lo saben…!

            El V regimiento mecanizado en Austria había colapsado, el Heer no era para este entonces lo que había sido hacía ya casi un lustro atrás. ¡Cuando todo el peso de la muerte recae en uno, es imposible despegarse de la propia culpa! Endilgar a su subalterno inmediato aquella derrota inexorable era poco honorable. Lo sabía, ellos lo sabían, y ahora sentado, fumando y esperando a que suene el teléfono, acariciando la Walther que en otro lugar y otro momento fue símbolo de su jerárquico mando al frente de los suyos, hoy se convertiría en su propio verdugo.

            Aquel 12 de marzo todo había sido diferente, el Anschluss fue categórico y por supuesto no tuvo resistencia. ¡No tuvieron el valor de enfrentarnos, no pudieron o por el contrario, fuimos tan aplastantes como toda nuestra maquinaria bélica. Estábamos tan equivocados que hoy aquello es lejano y doloroso al mismo tiempo! ¿Te dijeron acaso que los soldados llegarían al extremo de comerse los perros que acompañaban fielmente a aquellos niños? ¿Te explicaron que el horror que después se desencadenaría, sería la sombra de la muerte que hoy están esperando? ¡NO!

            Gunter miraba el amplio despacho con una mueca de fastidio, observaba banderas, repasaba los cuadros colgados, exhalaba el humo del puro que colgaba de los dedos de su mano derecha, mano derecha. La izquierda, que de poco servía había sido mutilada por una trazadora en Amiens. Ya no importaba.

            Mirando fijamente aquel teléfono, repasó pocos minutos después, una y otra vez la carta que había escrito de puño y letra para su mujer e hija.

La secretaria de Gunter abrió la puerta intempestivamente con un radioteletipo que había llegado hacía unos minutos. Palabras que parecían inconexas estallaron ante sus ojos, ¿Cómo una simple hoja de papel puede cambiar el rumbo del destino? ¡No creo que haya habido un giro drástico en el comando central de Berlín que no sea, al menos una noticia funesta que se me niega a mis propios ojos! Cuando su propia secretaria le entregó aquel teletipo, el saludo con la mano derecha se pareció mas a un ademán que a la propia estructura verticalista, cuasi siniestra de lo que simbolizaba. No para él, no para ella. Para los demás. Era la cadena de mando, la propia inercia de la jerarquía.

            El mensaje afirmaba que el V regimiento mecanizado había sido diezmado. Y que al menos cincuenta de sus hombres habían sido capturados como rehenes de guerra y que serían trasladados al norte. De una vez, y con un solo movimiento capturó la Walther de su lado derecho y la posó sobre su escritorio desértico. A sus espaldas una botella de Whisky y un vaso tallado, de cristal de Polonia, también se posaron sobre el escritorio. El teléfono seguía tan mudo como sus pensamientos que ahora lo inundaban, a diferencia del tiempo y del momento, cuando ennegrecido en una trinchera por el sopor y la explosión de los morteros se retorcía en el infundado fango, ahora todo estaba perfectamente limpio, aséptico. Esperaba con ansias el sonido de la campanilla, anhelaba con todas sus fuerzas que el profundo silencio siguiese inundando por completo aquel despacho, esperaba todo y a la vez nada. Porque todo era una ejecución en vano, y la nada era el simple hecho de escapar de la miseria en la que se hallaba, de la que quería con todas sus fuerzas huir, pero claro, no podía, no debía, no era posible, no era lo correcto.

            Sorbió con desmedida premura de aquel vaso al menos dos, tres veces. ¡Si hubiesen sabido en realidad lo que yo he entregado en nombre de Alemania, si tuviesen al menos la valentía de corromper el presente para apagar un futuro predecido por aquella fatídica decisión de Normandía, hoy no estaría a merced de un mísero pedazo de plomo! ¡Despotrico ante todos aquellos que nefastamente sucumbieron ante sus propias debilidades, imbéciles, burócratas con rango y custodia de la Schutzstaffel!

            ¡Um einen Krieg zu gewinnen, muss man Mut haben! 39…40…41…42…43…44. Aun quedaba mucho tiempo. No lo sabía a ciencia cierta, las certezas estaban fuera de su alcance, era el teléfono el que estaba allí al alcance de su mano, la Walther también estaba allí. Había sido su compañera, y lo seguiría siendo durante un largo tiempo más.

            Cuando hubo salido del despacho, del edificio central del comando en Berlín el teléfono sonó, cinco timbrazos. Por antonomasia con su turbulento presente, o tal vez por mero y complejo protocolo. Retumbó en cada uno de los rincones de aquel despacho, ahora solitario, corrompió el mortal silencio. Quien del otro lado llamaba tenía la certeza de hallarlo, cinco minutos antes tal vez. Colgó el auricular. El ¨mensaje¨, la ¨orden¨ que quería impartirle a Gunter, no era sino una cadena de palabras que nada tenían que ver con un pedazo de plomo, ni con la Walther, por el contrario, satisfecho y regocijado en la vanagloria de su propio poder, que era el de todos, musitó para sí lo que era para el otro: ¨Genosse, wir haben noch lange Zeit, bis wir unser Ziel erreichen, Heil.¨ Un papel arrugado con membrete rugoso sobre el margen izquierdo se dejaba ver en la cesta de los papeles desechados, se podían leer solo dos palabras, con las que comenzó y terminó la esquela: ¨an meine liebe Frau und Tochter¨. Ya no la necesitaría, había tiempo, tiempo…


                                                                                                                      Martín Ramos

Siniestro


 

Estaba orgulloso de su Glock 17. La había adquirido hacía diez años en la armería de un amigo, un camarada irremplazable con el que se juntaba dos veces por semana, en un bar, al sur de la calle Spenser St. Clay y su amigo rememoraban sucesos en los que habían participado juntos, reían y bebían un whisky tras otro, hasta quedar casi inconscientes.

            La funda de la Glock, que portaba en la cintura del lado derecho, era de piel de cordero, y en ciertas ocasiones, la presión del cañón sobre la carne le recordaba que allí estaba, que de ser o haber sido mas larga, esto no le sucedería cada vez que se sentaba. Pero era cierto que cada vez que la dejaba sobre la mesita de luz, el frio metal le recordaba que aquella máquina poderosa allí estaba, todas las noches, a su lado y del mismo modo lo acompañaba.

            Clay se acomodó sobre su lado izquierdo para aliviar la presión. Su amigo hablaba del último trabajo que hicieron juntos. La mujer morocha los miraba con atención, como absorta en pensamientos que solo ella podía comprender, descifrar. Clay la había visto antes, ella había estado en otro grupo, uno que operaba en el este, no conocía su nombre, sabía que había tenido algunos altercados con el superior y por eso, ahora participaba de las tareas que al grupo le encomendaban. Siempre con una mirada altiva, ahora igual que en otras épocas, se enorgullecía de los tres que había fusilado en un callejón cerca del puerto.

- Eran el jefe y sus guardaespaldas - les había dicho.

            Su amigo la observaba con cierto recelo, creía saber que algo en aquella mujer la hacía diferente a ellos. Tal vez la traición, aunque nunca lo supo. Trató de averiguar algo que le diese un indicio de información. Nunca obtuvo nada.

            Esa noche les habían encomendado que montasen guardia en el sedan negro frente a la casa de un tal Jeffrey, conocido en la zona por la venta ilegal de algunas mercancías que robaba en pequeñas cantidades. El trabajo era sencillo: a las dos de la madrugada el tal se acostaba metódicamente y la luz del primer piso se apagaba, señal que diez minutos más tarde podrían hacer el trabajo. La mujer, sentada en el asiento trasero introducía y sacaba el cargador de su arma una y otra vez, esto encrespaba los nervios de Clay.

- ¡¿Puedes dejar de hacerlo?! - Soltó con voz sorda.

            Sin mediar palabras el clic se detuvo de inmediato. La mujer bajó levemente la ventanilla y tomó una bocanada de aire gélido. Esto la sacó de su somnolencia, al tiempo que el amigo de Clay acariciaba un vaso de café para calentar las manos heladas. Allí estaban los tres, esperando que la luz del dormitorio se muriese en medio de la madrugada fría e inhóspita. Clay bebió un sorbo de su vaso de whisky de forma metódica, su amigo lo observaba detenidamente. La Glock seguía haciendo presión sobre su cintura y el cañón se clavaba como un puñal bajo el riñón derecho. El asiento hacía aún más difícil la empresa de estar sentado, charlando y esperando. Charlar, esperar…

            El amigo de Clay sorbió un trago y tamborileó los dedos para pasar el rato. Los ojos de la mujer se clavaron en los suyos a través del retrovisor. Una excitación infundada, una ola de inseguridad lo sucumbió en ese momento, miró hacia su izquierda y observó por la ventana como se apagaban las luces de un auto que acababa de llegar. La mujer largó un hondo suspiro, tenía la Browning entre sus rodillas, acechante, inerte. El frío penetraba por las ventanas implacablemente, ni el whisky ni el café surtían efecto para entrar en calor, para armarlos de un valor que sospechaban se encontraba oculto.

            Faltaban diez para las dos. Todo era oscuridad menos aquella luz tenue que se veía en la primera planta.

- ¡Falta poco! - Asumió el amigo de Clay. La mujer tensó sus músculos repentinamente.

            El último sorbo de whisky pareció quemarle la garganta. Entró repentinamente en calor y el cañón ya parecía no molestar sobre su cintura. Tal vez se había relajado al pensar que los separaban unos minutos para terminar con aquella tarea. Entró en un conflicto interno, sintió la necesidad de preguntar lo que su amigo no había podido averiguar de aquella mujer que los acompañaba por primera vez. Se formuló una y otra vez la pregunta en su cabeza, quería soltarla y que todo lo que había sospechado se aclarara de una vez o que las cosas empeoraran. No lo sabía, lo pensaba, pero presentía que la del asiento trasero había traicionado a sus compañeros del grupo del este. Las luces de un auto perdido que los sorprendió de frente desacomodó sus pensamientos, ¿debería preguntar ahora? Titubeó unos segundos y un sorpresivo golpe de su amigo en el hombro lo volvió a la realidad, diez minutos después de la hora señalada, la luz se había apagado.

- ¡Es hora! - Musitó casi de manera ahogada.

            La mujer fue la primera en salir del auto. Se agazapó al lado de la puerta trasera, arrodillada casi a la altura del césped blanco. Clay abrió suavemente la puerta y salió rápidamente hacia la calle, su amigo del otro lado del coche lo imitó. Los tres corrieron rápidamente hacia un arbusto fuera de la casa, un perro se escuchó ladrar a lo lejos, tal vez en la otra calle. Derecha, izquierda y puerta trasera. Glock, Browning y Sig harían el trabajo, algún almohadón serviría de silenciador. Emprendieron hacia la barda del frente de la casa una marcha ligera agazapados sobre el césped, una tenue luz en la calle calcaba las tres sombras sobre el blanquecino parque, no era problema, las pisadas se borrarían al otro día al salir el sol invernal. Al saltar la barda el amigo de Clay tropezó y cayó con un ruido sordo del otro lado. La mujer le ofreció la mano, Clay la miró de reojo y cuando el otro se hubo incorporado comenzaron nuevamente la marcha hacia la puerta trasera.

- Yo y ella, derecha, tu abre la puerta - Clay asintió.

            Cuando ingresaron a la casa, todo estaba en silencio. Clay iba por delante con su Glock al acecho, cañón arriba, dedo índice sobre arco guardamonte. Luego lo apoyó suavemente sobre la cola del disparador. La mujer revisó rápidamente la cocina y la sala de estar, por la izquierda el amigo de Clay se preocupó por un armario y el baño de servicio. Con un movimiento de mano decidido Clay indicó las escaleras y los tres cañones obedecieron a sus amos. La mujer cuidaba las seis de los tres, mientras subían lentamente hasta que dieron con la habitación que tenía la puerta levemente entornada. En la habitación contigua una nena de diez años, tal vez, dormía profundamente, al lado, en la otra cama vacía, al menos unos cincuenta peluches le hacían compañía. El amigo de Clay tomó el mas grande, era un oso panda negro, lo suficientemente grande como para ser el silenciador perfecto.

            La mujer los miró decididamente, tal vez porque quería y debía demostrarles algo que ellos sabían que tal vez no tendría, el coraje de hacerlo. El amigo de Clay le extendió el peluche y empuñando firmemente la Browning entró rápidamente, pero sin hacer ruido. El infeliz estaba dormido y roncaba sobre su hombro derecho. La mujer se acercó rápidamente, el cañón apoyado sobre el peluche negro. En un segundo presionó tan fuerte la cabeza del que iba a morir con la boca del cañón y el peluche, que el disparo que descerrajó en la sien, produjo un ruido apagado. Entró de manera descendente atravesando, partiendo y destrozando en dos, también la mandíbula del tal. La sangre comenzó a brotar rápidamente, de manera feroz.

            Cuando estaban por salir de la habitación, la nena se había parado en la puerta, confusa, con un pijama de color verde, mirando sin entender. Instintivamente el cañón de la Browning apuntó su cabeza.

- Es un cabo suelto - Dijo secamente la mujer.

- ¡No te atrevas! - Susurró Clay.

            Clay miró por la ventana, el tiempo se detuvo. Podía sentir el frío cañón de su Glock 17. Su amigo le agarró fuertemente el brazo, tratando de apaciguar aquella imagen. La mujer dejó de mirarlos, se dirigió hacia la puerta con paso decidido. Ambos amigos se miraron fijamente a los ojos. Un minuto después la detonación retumbó en el interior del lugar como la explosión de una granada de fragmentación. Solo ellos dos quedaron inmóviles, del otro lado de la puerta, un tiro certero en el pómulo derecho al igual que el anterior, había acabado con aquella incertidumbre, y con el peso de una conciencia que yacía muerta desde el momento en que había presionado el gatillo. Esta vez todo fue diferente.

                                                                                                         Martín Ramos

Blanca


 







Como la nieve, blanca. Manos chuecas, como recibiendo la esperanza de bienestar de quien te rescató de techos nocturnos, de noches friolentas. Enflaquecida en aquellas épocas por aquel abandono despiadado, feroz y sin compasión. Las hebras de tu pelo dibujaron tu paso silencioso por mis pisos de madera, por sillones vacíos que llenaste con tu presencia. Y tus verdes ojos se llenaban de alegría al verme traspasar la puerta de entrada cuando sola te quedabas esperando mi llegada. Mi compañera silenciosa y fiel durante mis días solitarios, aunque callada, con tus pasos hiciste retumbar los ecos de tu agradable y dulce compañía.

Hoy miro hacia todos lados, te busco y no te hallo. Una herida, la tuya y la que quedó en mi corazón entristecen mi alma. Abandónicas fueron mis manos cuando prometí cuidarte hasta el último aliento. Pero me sentía agobiado, por las circunstancias, por mi propio abandono, por el que fue nuestro. Cuando solos nos dejaron, a la deriva. Tal vez creíste aquellas palabras que pronunció mi boca, tal vez esas mismas palabras fueron censuradas, mortalmente calladas por una angustia irrefrenable de no saber qué más hacer.

Espero que alguien mas pueda darte lo que tal vez yo no pude, lo que tal vez pude, pero no se me reveló, por ignorancia, por insensatez, no por desprecio ni desamor, no por falta de interés, sino por una deuda con la sabiduría de un conocimiento que no me fue revelado. Espero también que lo poco, o mucho que te pude dar en este corto tiempo haya sido lo suficiente como para que tu tránsito por mi vida haya sido mejor que el que habías tenido. Espero que estés donde estés, sea mucho mejor que a mi lado, si es que aún estás en alguna parte, y que sepas que jamás voy a olvidarte. Perdón por no haber cumplido con mi palabra, perdón por no haberte despedido cuando te dejé, mas gracias por haberme alegrado en las noches silenciosas y en las mañanas taciturnas con esa mirada tierna que jamás voy a olvidar. Y si en otra vida nos volvemos a encontrar, tal vez pueda redimirme de los errores que cometí como un idiota adolescente. Hasta siempre Blanca, tu recuerdo vivirá en mi memoria imborrable, inmutable para recordar esas uñas filosas desgarrando mi suéter, mi pantalón, que fueron el símbolo de tu resguardo.

 


Plegaria








Me enterré en el mundo indiferente de las verdades que de soslayo observan la obsecuencia de necias mentes que refieren pasados negados. En esos negados pasados las mentiras eran la fructífera marea que arrasa con tormentas de hielo y surca mares oscuros como las tinieblas del averno.

            Clama que serás escuchado, ofrece tus plegarias para que cuando tu alma caiga, sea levantada a una sola voz, por quien todos los que clamamos sabemos que se nos ofrecerá la mano de la salvación. Es por ello que cuando los acordes de las trompetas se apresten a recitar sus dulces melodías, allí, y solo allí, mi último suspiro será entregado por derecho propio, y ajeno, a quien redime y exalta.

Eterna


A: M.A.P.

 

Nos sumergimos en el mas profundo de los mares de sensaciones que nos llevaron y nos llevan a esos lugares llenos de perfumes de la primavera de nuestro amor. Comparable solo con el sabor en mi boca de tu pelo húmedo, las hebras de tu cabello recién saboreado por mis manos inquietas. En otros tiempos los antiguos recitaban poemas a la luna, a los atardeceres rojizos que parecían ser mágicos. En mi presente escribo líneas que sacrifican el deseo a un tiempo, que expresan este perfecto y sublime amor que en nuestro corazón renace día a día.

            Es cierto que puedo acomodarme en mi cama pensando en ti, en tus besos y caricias que resucitan mi alma cuando las madrugadas son heladas en invierno y las mañanas calurosas son el clamor de los veranos, pero también es cierto que cuando no estás a mi lado, y te pienso, necesito saber en mi conciencia impaciente que nuestro reencuentro está cerca, a un beso de distancia. Beso, esa intensa expresión del más puro deseo que nuestras bocas se fundan en veredas nocturnas, bajo lunas expectantes, perdidos entre gentes que nos miran atónitas con miradas desprevenidas, obsecuentes, ese beso, tus besos, intensos, perfectos y húmedamente sensuales son como la mano que acaricia la flor renaciente, esos besos relatan por sí mismos los cuentos maravillosos que un adolescente fascinado lee con premura para calmar sus ansias de sed. Y mi sed, mis anisas de ti se calman con tus labios, cuando se encuentran con los míos, cuando sellan un pacto implícitamente consecuente con nuestros corazones.

            Teseo jamás lo hubiese imaginado, cuando en una playa desierta abandonó a su amada, no supo de antemano que aquella doncella podría ser quien luego le diese su tan ansiada descendencia, por el contrario, parafraseando y mitigando aquella malograda decisión es que me alejo de su pensamiento, y te llevo conmigo hacia esos puertos seguros de islas reverdecidas por nuestra pasión interminable, inconmensurable como cualquier punto infinito en el cielo. Entonces, cuando te tengo a mi lado, amor, siento que las velas de nuestro velero bajan en señal de victoria, antítesis proclamada por mi de aquel nefasto suceso en las playas de Creta. Cuando aquellos que se unieron a sus doncellas sabían que engendrarían descendencia, es cuando en este presente me uno a tu corazón para sustentar la pasión y las ansias de tenerte y que me tengas en tu pecho para siempre, desde aquel genético y primigenio momento en que nuestras miradas se cruzaron, nuestros brazos rodearon nuestros hombros y nuestras manos acariciaron nuestras nucas, hasta el dulce sabor de los latidos de nuestros corazones recostados el uno sobre el otro en nuestra cama apasionada.

            Quien entiende de pasión es aquel que vivió y vive en un perpetuo clamor del alma, y mi alma clama por ti, y tu alma sonríe bajo el influjo de mis párpados sedientos de tu cuerpo, el que calma la sed con su belleza única y maravillosamente perfecta ante mis ojos. Es entonces cuando se enciende esa llama irreversiblemente tenaz y abrazadora que en mi pecho se conjuga, donde los verbos no tienen que esperar para decir ¨te amo¨, sino que con el simple hecho de rozar nuestra piel, la fragua de nuestra pasión se enciende como los soles de Neptuno, como las brasas de una fragua presta a forjar la más intensa pasión. Eterno es nuestro amor, eterna es tu mirada, eternos son tus besos, eternas tus caricias, eterna nuestra pasión, y por consiguiente, eterna eres tu mi amor en mi vida, la que siempre esperé, y la que siempre estará a mi lado para llenarme de un amor que me entregás de la manera mas hermosa y preciada que un simple mortal como yo puede comprender y desear…para siempre!

 

                                                                                                                                       Martín Ramos


                                                                         Sinestesias

¨A veces el lenguaje encuentra las palabras adecuadas¨


 

                Hojas de calcio, sabores a menta recién cortada, verdes frescos en ramas erguidas al cielo contemplante. Los ecos de la noche que llegan a mis oídos atentos, tus labios con sabor a néctar, sentidos que se encienden como luces de neón en marquesinas solitarias de calles pobladas de gentes que impertinentes cocan sin cesar sus hombros.

                Un susurro en mi oído, un TE AMO furtivo y resonante que me completa sin reparos. Tus dedos acariciando mi cuerpo, ansioso e irremediable. Una noche juntos, abandonados a nosotros mismos cuando la misma noche grita que es madrugada. Mis dedos acariciando tu aterciopelada nuca, suave e intensa como un atardecer en el horizonte, naranja cielo que clama por el inevitable devenir de la luna.

                El silencio de nuestras miradas que se cruzan hablan de nuestro amor perfecto, como un doblar de campanas lejanas allí, a la vuelta de nuestros hombros desnudos. Y un clamor crujiente bajo nuestros pies, en aquellas pinoteas que reciben el peso de nuestros cuerpos, admiradas, fascinadas cantando mudas por nuestro incansable ir y venir sobre ellas.

                Cuando me hallo frente a ti amor, una suave brisa acaricia mis párpados enrojecidos por el encuentro de nuestras bocas. Espero un segundo para mirarte, eterno pero tan finitamente efímero que necesito un millón de ellos para calmar una sed de amor abrazadora. Y mi corazón que siente al tuyo como aquella inmaculada gaviota rasante sobre el mar siente la espuma de las olas, me dejo llevar por tus manos de seda verde que me llevan a esos lugares impensados, a los que quiero llegar contigo. Entonces la luz del amanecer nos dice que nuestra pasión atravesará lunas y soles incandescentes, al igual que la noche traspasa los umbrales de todo tiempo.

 

                                                                                                                                 Martín Ramos 


Supernova


 

Supernova

                                                       A: María Alejandra Poloni.

 

                Hoy te despertaste a mi lado, increíblemente bella. Tus rizos acariciando mi hombro, tu cuerpo toda la noche junto al mío.

                La misma cama que es fiel testigo del sexo de nuestros cuerpos ardientes como el blanco astro de verano, ahora contempla nuestras caricias, nuestros besos interminables. Miradas cómplices que todo lo dicen, sinestesias de todo tipo nos envuelven segundo a segundo, la poesía abstracta materializada en nosotros dos, que somos dos corazones palpitantes en uno.

                Hoy me desperté a tu lado, y contemplando en silencio tu cuerpo, descubrí -redescubrí-, lunares como estrellas en el cielo infinito de tu espalda, deliciosa como tus hombros esbeltos. El lienzo perfecto, tu piel para el retrato de tu alma, en óleo, en acuarela. Y, cada pincelada que fue trazada sobre él, es la mas pura perfección de tu inexorable belleza, cada trazo que compone tus rasgos, es irreprochable a aquel artista excelso que con pulso firme lo trazó, porque consiguió concretar en ti la mas perfecta obra de arte. Y tal como avezado crítico, supe traspasar en lo que es obvio para la vista y llegar al significado profundo. Y cuando lo contemplé y lo comprendí, pude darme cuenta -inmediatamente-, que los palimpsestos que atrás del obvio lienzo irrefutable a primera vista, que existen muchos más, interminables, y que al ojo furtivo no le son revelados.

                Entonces digo, que detrás de lo irrefutablemente obvio, a la primera impresión, se halla lo más delicioso y preciado de tu esencia, quiero decir, un alma pura, un corazón con ganas de amar y ser amado. Una supernova que pude descubrir, oculta en tu interior, perfecta, eximia. A la que mucho tiempo atrás le asignaron el nombre de Alejandra, a la que quiero observar, contemplar hasta pulverizarme los ojos, al igual que cualquier astrónomo que se enamora de una estrella perfecta, re-descubierta y completamente enamorado de ella, comprende -conscientemente-, que no encontrará otra similar en su propio universo.

                Así te contemplo mi amor, perplejo ante cada uno de tus lienzos que no hacen otra cosa que demostrarme que sos única, irrepetible, y que me enamoré de vos -desde que te descubrí-, para observarte perplejo, cada mañana que te despiertas a mi lado, cada noche que con tu brillo infundís sobre este atónito espectador, un sentimiento mas que profundo, simplemente perfecto e irrepetible.

 

                                                                                                        Martín Ramos

Despedida

Cuando pensó que llegaría a destino, faltando pocos metros para cruzar el obscuro camino que la llevaría de nuevo a su casa, una mujer se in...