Tenía entre sus manos hojas secas de árboles
reverdecidos por primaveras heladas en inviernos infinitos. Tenía en sus
mejillas lágrimas amargas de ojos secos entristecidos por el sufrimiento de las
desavenencias de quienes no supieron valorarla cuando entregó todo de sí misma.
Había una mueca en su boca que se parecía a una sonrisa paralizada, una
carcajada que en el pasado había soltado ante un perceptible sonido confundido
con una palabra parecida a un ¨te quiero¨.
Ella estaba
gravitando sobre su conciencia que trataba una y otra vez de comprender la
verosimilitud de las cosas que la llevaron a este estado, en el que ahora se
encontraba sin poder escapar. Quiso frenar con la mano la angustia de saber que
ya no ocupaban en su mente (ni en su corazón) aquellos sentimientos que alguna
vez sintió, los que dejaron huellas en su cuerpo; Los que hicieron que ahora
sea perfectamente inestable. Tal vez una o dos veces pensó en acariciar el
viento para estremecerse con un frío espasmódico que la llevase nuevamente a
lugares ocultos bajo su negra y larga cabellera, allí donde una vez manos
delicadas acariciaron aquella nuca perfectamente torneada por noches de
suspiros.
Volvió
repentinamente en sí luego de dejar caer lo que tenía entre sus manos, cuando
al fin sus lágrimas se volvieron polvo sobre su pálido rostro. En ese preciso
momento, fugaz como alguna estrella que vio pasar en un cielo nocturno, su
mente se aclaró y pensó que lo que había hecho no había sido culpa de ella, por
el contrario, había sido empujada sin querer por el remordimiento de una imagen
impregnada sobre sus ojos grises, una imagen que sus retinas no soltaron ni
soltarían jamás.

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