
La intersección de las carreteras suele ser peligrosa. Se llega al borde de la línea blanca y, por lo general si se es diestro, se mira hacia la derecha primero. Después en un rápido giro del cogote, se hecha un vistazo hacia el otro lado. Solo cuando se esta seguro de que nadie se aproxima, -al menos a corta distancia-, se apreta el embrague. –Casi siempre con el pie izquierdo; acá si sos diestro te las tenés que arreglar-, entonces suavemente con la mano derecha se mete la primera marcha y se avanza. Es imprescindible no equivocarse, porque ante la metida de pata el auto empieza a tironear y la cosa se complica. El mecanismo es idéntico para los cruces de barreras.
Ya al otro lado, el espejito retrovisor es el fiel testigo de que la cosa salió bien. Pero ojo, a no equivocarse; cuando se cruza caminando no se tienen tantos aparatos que aturden las destrezas motrices. Solo un pie le da paso al otro. Y lo mas importante, utilizando esta modalidad tan antigua como el hombre, se tiene la suerte divina de no escuchar a ese animalito de una especie salvaje, -como muchos otros descriptos por Darwin-, en el asiento del acompañante, que taladra el oído derecho.
Solo por esa diáfana razón, es preferible cruzar a pie.
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