Camino hacia el abismo


Capítulo 6



Víctor Slovsky



Sofía y Ernesto se habían encerrado en la habitación donde reina el pecado carnal. Juntos     –ahora- harían sus tormentos sexuales nimios y eximios al unísono; dejándose llevar por el deseo de una pasión incontrolable que sólo se puede apagar con intensos vientos carnales.
-Soy completamente tuya; pero ¡hoy mando yo!
-Como siempre querida.
Amanda conoció a Slovsky en la universidad. Era profesor de química orgánica y mantenía un bajo perfil, tal vez porque su pasado era oscuro, tal vez porque la vida había mellado su personalidad tan profundamente que prácticamente se había convertido en un misántropo.
Slovsky había puesto su mirada en Amanda: ¡es una alumna brillante! –les había comentado a sus colegas en la sala de profesores-
Luego de un cuatrimestre, Slovsky de cuarenta y ocho años, llevados sobre sus hombros estoicamente, se animó a invitar a Amanda a tomar un café fuera del horario de clases; por supuesto ella aceptó la inesperada proposición.
-No en el café de la facultad, llámeme a este número y concertaremos una cita en un lugar donde las miradas indiscretas no pronuncien con la boca lo que no queremos ambos que se sepa.
-Y usted ¿qué es lo que quiere que no se sepa?
-Que un profesor invita a una alumna a tomar un café, no deberíamos tener digamos ningún tipo de relación extra-académica.
-Soy mayor de edad, lo mismo que usted, fuera de estas paredes, somos personas banales, que necesitan relacionarse con otras personas, por el sólo hecho de satisfacer una necesidad humana primordial: las mencionadas relaciones humanas.
-Tal vez sea algo más que eso.
-No sé a que se refiere con más, esa palabra deja un gran y sombrío abanico de tremendas o factibles posibilidades.
-Solo llámeme y tomemos un café, le prometo que será una charla interesante, y me supongo que usted me entiende cuando digo que será interesante, porque me he dado cuenta de que usted tiene un interés particular en mi, no digo que se sienta atraída de la manera en que inconscientemente yo quiero que lo esté; siento que usted me necesita de otra forma, y yo tengo una historia que contarle. Es una historia no muy agradable de oír digamos, pero vale la pena ser escuchada. Si cuando haya terminado este ¨pequeño relato¨ no hube logrado su atención, será la última vez que nos encontremos fuera de la clase de química atiborrada de formulas que a nadie le importan, salvo a mi, por supuesto.
-Esta bien, pero con una condición, si me lo permite.
-Usted dirá
-Que la reunión sea en el bar Suecia.
-No encuentro objeción.
-Perfecto, no me dé su número, mañana a las ocho de la mañana estaré sentada junto a la ventana que da a la plaza.
-No abunde en detalles, la ubicaré de inmediato, ocho en punto allí estaré.
-Hasta mañana
-Que descanse, ¡ah!, y piense en su fórmula. Usted sabe de lo que hablo. Convénzame.
Amanda quedó sin palabras, sólo extendió su mano y saludó a Slovsky. El pacto estaba sellado.
Siete y cincuenta minutos, Amanda pidió a la camarera un café con edulcorante, ya había ingerido tres miligramos de Seconal. Aún así no podía dejar las piernas tranquilas, o tal vez            –pensó- estas malditas piernas tienen vida propia.
En punto, a las ocho como lo había prometido, Slovsky entró por la puerta del Suecia y de manera casi maquinal se dirigió a donde Amanda. Vestía una camisa color azul, unos pantalones de vestir color beige y zapatos negros, un maletín en la mano derecha completaban sus accesorios personales, sin olvidar los gruesos anteojos de aquel que quema su vista en ecuaciones químicas y en formulas descabelladas; lo mismo que un profesor de Literatura quema su vista con líneas de signos a los que le da sentido sólo con la lectura asidua y testaruda de quien quiere llegar al fin de la historia y significarla.
-Buen día. Hace diez minutos que estoy aquí.
-¡Buen día!, dije que llegaría a las ocho.
-No importa, ya he pedido algo para mi…usted...
La camarera se acercó y Slovsky sólo pidió un café negro con azúcar.
-Entonces, ¿Cuál es la historia?.
-¿Está completamente de acuerdo en que esta historia que voy a contarle la conocen solamente dos personas, entre las cuales, una de ellas soy yo?.
-No, por supuesto que recién me pongo al tanto de ello, y si usted dice que es así, así será. Empecemos la conversación con un mínimo de confianza mutua por favor.
-Muy bien, le recomiendo que no la divulgue. Desde este momento seremos tres, y si por algún motivo me entero que alguien más me pregunta de una u otra forma, directa o indirectamente sobre mi pasado, tendré que tomar medidas drásticas en su contra.
-A qué se refiere con ¨medidas drásticas¨.
-Pongámoslo de esta manera: El pasado de un hombre, conlleva una serie de acciones que producen reacciones, éstas pueden ser en ciertas ocasiones desmedidas en cuanto al alcance del daño que se quiera producir o que hayan producido. En cuanto a mí, el daño que he producido por mis acciones, es mensurable solamente dentro del campo del horror. Mi mujer y mis dos hijos murieron, de mi familia sólo tengo un recuerdo que me acompañará por el resto de mi vida, entonces, si usted divulga mi historia, mi pasado, simplemente tendré que eliminarla de este escenario que parece ser una novela de un escritor mediocre.
-¡Matarme!.
-Claro, veo que nos estamos poniendo en sintonía, y puede estar segura que no dudaré un segundo cuando llegue el momento, y quiero que le quede en claro, que su hijo, ¿Cómo se llama…?, si, Ernesto, vivirá una vida parecida a la suya, será huérfano por el resto de su vida, y me temo que una madre no quiere eso para un hijo bajo ningún punto de vista.
-¡Claro que no!.
Entonces escuche mi historia y guárdela, como un tesoro enterrado y cuidado por Cerbero[1], -¿conoce la Divina Comedia de Dante no?
-No, no soy especialista en Literatura.
-No importa. Yo tampoco, pero se la recomiendo, es bueno conocer lo que nos sucederá cuando descendamos al mismo infierno. Bien. Esta es mi historia:

El veintiséis de Abril de 1986, yo estaba durmiendo en mi cama con mi esposa, y mis hijos estaban en su cuarto, mi hija Inna de 9 años, al igual que su hermano Anielka de siete años. De pronto a la una treinta de la madrugada –lo recuerdo perfectamente- oímos una explosión, había sido tan fuerte que creímos que los norteamericanos habían atacado la planta con un misil nuclear. De pronto una luz entre blanca y azulada entró por la ventana. Salté de la cama, impulsado por la propia desesperación, mi mujer comenzó a llorar, mis hijos golpearon la puerta de nuestro cuarto y entraron con nosotros; de pronto el edificio se había convertido en un caos, la gente gritaba, los niños lloraban, algunos salían a la calle, las sirenas empezaron a sonar a lo lejos, potentes, y al mismo tiempo ensordecedoras, algo andaba mal.
    Me acerqué lo más rápido que pude a la ventana, los vidrios no estaban rotos. Pude ver un gran hongo azul estirándose hacia el cielo, como si quisiera tocarlo, como si se esforzase para llegar a tocar la luna que aquella noche iluminaba el horizonte. Fue cómico, al principio ver como unido a aquel hongo una gran llamarada del color del arco iris también se elevaba furiosa, era entre azulada, y un rojo verdoso. En aquel momento pude darme cuenta de que al menos uno de los reactores de la famosa planta de Chernobyl había explotado; no podía pensar en cual había sido el error, qué fue lo que había producido una falla en un sistema del que yo formaba parte, YO formaba parte del equipo de químicos que mantenían refrigerado el reactor. El día anterior ordenaron que se habrían de hacer unas pruebas para probar un circuito de refrigeración complementario, pero el físico cometió un error imperdonable: el equipo que operaba en la central el sábado 26 de abril de ese año se propuso realizar una prueba con la intención de aumentar la seguridad del reactor. Para ello deberían averiguar durante cuánto tiempo continuaría generando energía eléctrica la turbina de vapor después de la pérdida de suministro de energía eléctrica principal. En caso de un corte, las bombas refrigerantes de emergencia requerían de un mínimo de potencia para ponerse en marcha —para rellenar el hueco de entre 45 y 60 segundos hasta que arrancaran los generadores diésel— y los técnicos de la planta desconocían si, una vez cortada la afluencia de vapor, la inercia de la turbina podía mantener las bombas funcionando durante ese lapso de tiempo.
Para realizar este experimento, los técnicos no querían detener la reacción en cadena en el reactor para evitar un fenómeno conocido como envenenamiento por xenón. Entre los productos de fisión que se producen dentro del reactor, se encuentra el xenón135, un gas muy absorbente de neutrones. Mientras está en funcionamiento de modo normal, se producen tantos neutrones que la absorción es mínima, pero cuando la potencia es muy baja o el reactor se detiene, la cantidad de 135Xe aumenta e impide la reacción en cadena por unos días. El reactor se puede reiniciar cuando se desintegra el 135Xe.
Un operador insertó las barras de control para disminuir la potencia del reactor y ésta decayó hasta los 30 megawatts. Con un nivel tan bajo, los sistemas automáticos lo detendrían, y por esta razón desconectaron el sistema de regulación de potencia, el sistema refrigerante de emergencia del núcleo, y en general los mecanismos de apagado automático del reactor. Estas acciones  —así como la de sacar de línea la computadora de la central que impedía las operaciones prohibidas— constituyeron graves y múltiples violaciones del Reglamento de Seguridad Nuclear de la Unión Soviética.
A 30 megawatts de potencia comenzó el envenenamiento por xenón, y el reactor se apagaría automáticamente. Para evitarlo, debieron aumentar la potencia subiendo las barras de control, pero con el reactor a punto de apagarse, los operadores retiraron manualmente demasiadas barras. De las 167 barras de acero al boro que tenía el núcleo, las reglas de seguridad exigían que hubiera siempre un mínimo de 30 abajo, en el núcleo, y en esta ocasión dejaron solamente 8. En unos pocos minutos lograron estabilizar al reactor entre 160 y 200 MWe.
  Con los sistemas de emergencia desconectados, el reactor experimentó una subida de potencia tan extremadamente rápida que los operadores no lograron detectarla a tiempo. A la 01:23, una hora después de comenzar el experimento, algunos en la sala de control comenzaron a darse cuenta de que algo andaba mal.
Cuando quisieron bajar de nuevo las barras de control presionando el botón de apagado de emergencia (el botón AZ-5 «Defensa de Emergencia Rápida 5»), éstas no respondieron debido a que posiblemente ya estaban deformadas por el calor y las desconectaron para permitirles caer por gravedad, logrando insertarse alrededor de 2.5 m dentro del núcleo antes de resquebrajarse debido a la enorme presión. Se oyeron fuertes ruidos y entonces se produjo una explosión causada por la formación de una nube de hidrógeno dentro del núcleo, que hizo volar el techo de 1200 toneladas, provocando un incendio en la planta y una gigantesca emisión de productos de fisión a la atmósfera.
Esa fue la explicación técnica
Amanda escuchaba en silencio y no podía creer que aquel hombre que escupía esas palabras de su boca como una catarata incontrolable, había sido testigo y partícipe de uno de los desastres nucleares más horribles de todos los tiempos.
Todo lo demás lo puede encontrar en Internet, incluso hasta existen videos. Lo que usted no sabe es que tuvimos que abandonar a primera hora de la mañana nuestros hogares en Pripyat, cincuenta mil personas fuimos reubicadas en diferentes lugares: Hospitales, canchas de fútbol, salas de emergencia. Etc.
Como yo formaba parte del equipo de químicos que tenían a cargo el reactor número cuatro, el veintisiete de abril fui convocado por el consejo nacional de energía nuclear a ayudar en todo lo que me sea posible para solucionar el problema o al menos tratar de hacerlo y, que las consecuencias no sean devastadoras. No sabíamos donde nos metíamos. A esa altura los índices de radiación habían superado el triple de lo permitido. A cada uno de los especialistas que íbamos a emprender la empresa de salvar Rusia de una catástrofe nuclear que sería devastadora no sólo para nosotros sino que para toda Europa, nos habían dado un instrumento de medición de la radiación, un contador Geiger[2]. A dos kilómetros de la central a las diez de la mañana el instrumento medía una radiación de 30.000 röntgens[3]/hora.
A medida que nos acercábamos a pie a la planta, los instrumentos dejaron de funcionar. Había en el aire un sabor metálico, que se pegaba al paladar, en los dientes, en la ropa. Era el sabor de la muerte, era la radiación que estaba impregnando nuestros cuerpos y nosotros íbamos directo al infierno.
Mientras tanto mi familia como tantas otras estaba siendo en ese momento evacuada hacia lugares inciertos, como ya le he comentado. Luego de una semana pude encontrarlos.
Al llegar a la planta el caos era total, muchos de los trabajadores que pertenecían al turno noche estaban sin dormir, exhaustos y podía verse en sus rostros no sólo el cansancio y el terror, sino también el efecto de la radiación. Se formaron grupos, altos militares del Kremlin vinieron rápidamente y nos dieron aliento para salvar la patria de aquel desastre. Entonces fuimos organizados a medida que pasaban las horas en grupos de trabajo, nos dieron placas de plomo para cubrir el pecho, la espalda, los genitales y la nuca. Entramos en la planta con barbijos, no había mascaras de seguridad, o las pocas que había estaban confinadas a los altos mandos militares. El ejército ayudó en lo que pudo, con agua, transporte y apoyo logístico. Entramos por túneles derruidos, en otras ocasiones tuvimos que abrirnos paso con picos y palas para llegar a la terraza del reactor que es donde estaba el mayor peligro, por así decirlo, porque el núcleo que se estaba fusionando estaba en el primer subsuelo de la planta, y era una bomba de tiempo, dado que la temperatura estaba resquebrajando la gruesa capa de hormigón que lo separaba de un río subterráneo que se comunicaba con el océano, siempre las plantas nucleares están al lado del océano para aprovechar el agua. Trabajamos en el techo del reactor tirando paladas de arena y de plomo, lo que de alguna forma lo enfriaría, y al mismo tiempo limpiando aquella superficie de todos los elementos radiactivos que habían sido expulsados por la explosión. Cada hombre debía salir y trabajar con aquella protección que nos habían dado no más de treinta segundos, algunos llegaron a salir tres, cuatro veces, absorbiendo en su cuerpo dosis letales de radiación que luego harían estrago en aquellos hombres. Muchos murieron al día siguiente, otros, luego de una larga agonía. Otros como yo, sobrevivimos porque fuimos inteligentes. Tomábamos agua para sofocar el calor ácido y metálico que reinaba en aquel ambiente, las botellas estaban destapadas, expuestas a la radiación, y el agua tenía el sabor mortecino del uranio, estábamos tomando veneno sin saberlo.
Helicópteros volcaron toneladas de plomo en pequeñas bolitas sobre el hueco del reactor, fotógrafos tomaban fotos que luego aparecían veladas por la misma radiación. En fin al cabo de dos semanas se había podido controlar la temperatura, y luego de tres meses se pudo comenzar a construir el sarcófago que hasta hoy en día sigue allí, oxidándose, corroyéndose por la lluvia y por los mismos vapores que el reactor sigue emanando.
Fuimos felicitados, se nos entregó un diploma pequeño como héroes nacionales, se nos estrechó la mano y se nos dejó ir, eso fue todo. Luego la muerte. Pripyat a partir de aquel momento fue –y lo sigue siendo- una ciudad fantasma. Autos abandonados, edificios completos llenos de pertenencias de vidas dejadas en un instante, recuerdos, sueños, afectos, imágenes, parques, tiendas, todo quedó congelado en un segundo, con el paso del tiempo, a pesar de la restricción militar, muchos de esos departamentos fueron saqueados, y las cosas que de allí se robaron, llevaron consigo el signo de la muerte, los pobres imbéciles que se apropiaron de estas cosas no sabían que morirían en semanas. Pero así fue.
Ahora viene la parte interesante que puede costarle la vida, y de la cual yo pude escapar: yo fui quien dio la orden de hacer aquella prueba. Mientras descansaba en mi cama, dos físicos murieron instantáneamente, cientos de personas heridas de gravedad que fallecieron al día siguiente, miles de personas que murieron en los meses que le siguieron a la catástrofe, y cientos de chicos que nacieron con malformaciones que parecían propias de otro mundo, del mismo infierno. YO fui el culpable, y ahora usted también lo sabe. Comparto mi secreto con usted como un seguro de vida. Así de simple, así de perverso.
-Interesante historia, y conmovedora por cierto. Por lo tanto lo que tengo para proponerle estimo que será una nimiedad de acuerdo a lo que me contó. Estoy ya con algunas cuestiones relacionadas, pero a pequeña escala. Quiero digamos expandir el negocio.
-No juegue con migo. Dígame, por qué cree que yo soy la persona indicada para llevar adelante su pequeña empresa, o mejor dicho para hacerla crecer.
-Usted es el químico, yo sólo soy bióloga.
-Y ¿en qué mundo los barbitúricos son más importantes que otro tipo de drogas sintéticas?
-En el que yo me manejo, los barbitúricos son más importantes que Dios.
-Ese mundo que usted quiere corromper, es del que tanto usted como yo  formamos parte, por qué quiere contaminarlo, suponiendo que sea una cuestión de dinero, aparte de ello, ¿por qué?.
-Ellos necesitan, digo, los alumnos, estar en una transición, no drogados. Todos queremos en definitiva alcanzar nuestros objetivos, y si contamino este entorno con drogas de diseño, sería como traicionarme a mí misma, no se…no tendría la conciencia tranquila con el hecho de saber que estoy matando a gente que comparte mis mismos intereses.
-Tiene el interés de expandir su negocio a otras universidades locales me imagino. También tiene el interés de contaminar a sus amigos pero no matarlos, interesante filosofía la que usted aplica.
-Lo primero es obtener un barbitúrico de calidad, después veremos lo que podemos hacer y quién se encargará de la distribución, por el momento tengo un par de amigas de confianza que lo hacen dentro del campus.
-Entonces, cómo puedo confiar en usted. Digo, he pasado casi treinta años en la oscuridad de una mentira que me acecha cada noche, se dará cuenta de ello porque no veo que sea estúpida. No puedo exponerme, y menos dentro de la comunidad.
-Eso lo he pensado desde el mismo momento en el que pensé en usted, por lo que no tendrá que preocuparse.
-¿Tiene pensado, en el caso de que acepte su oferta, dónde montaría un laboratorio capaz de producir la droga?.
-No todavía, pero estoy en ello. Descuídese, usted sólo tendrá que preocuparse por la fabricación y el control de calidad de los barbitúricos. Ahora bien. ¿Usted necesitará de un ayudante?, ¿alguien que esté a su nivel para producir la mercadería?.
-Qué me dice de usted.
-Yo me encargo de la distribución, y que quede claro, usted trabaja para mi, en el caso de que acepte la oferta, por supuesto.
Slovsky respiró profundamente, aquella mujer estaba hablando estupideces delante de él, del gran químico que fue el responsable del desastre de Chernobyl. Pero tenía sentido. Pensó que si aquel negocio, que no era ni de drogas de diseño ni de heroína, podría convertirse en algo grande si se manejaba convenientemente él saldría beneficiado.
Al parecer para él, aquella mujer era tan astuta como impredecible. No confiaba en ella, pero lo seducía el hecho de pensar que podría ganar una interesante cantidad de dinero con aquel negocio. Meditó unos instantes y luego agregó secamente y sin más rodeos.
-Tendrá noticias mías en esta semana. Pero en el caso de que acepte su propuesta, usted tendrá que hacer un pacto conmigo, y éste será digamos, como cliché final, hasta que la muerte nos separe.
-Lo tendré en cuenta, espero su contacto.
Amanda no había entendido el significado de aquellas palabras, pero eso no interesaba, el propósito estaba en marcha y parecía que el químico estaría dentro del negocio. Yo tengo otra propuesta para usted, si no forma parte de mi negocio deberé deshacerme de usted, no puedo quedar expuesta, los cabos se atan y se desatan de acuerdo a las situaciones que los apremian, cuando un nudo aprieta demasiado, hay que deshacerse de él, pensó.




                                                                                                                                 Martín Ramos








[1] El canto inicia con Dante que se levanta después del desmayo luego de haber hablado con Paolo y Francesca. Y mientras sigue triste y siente piedad por ellos ve nuevos condenados y nuevas penas.
El tercer círculo donde él se encuentra es el de "eterna, maldita, fría y grave" lluvia que cae siempre con la misma intensidad. Está compuesta con grueso granizo de agua negra y nieve y se derrama en el aire tenebrosa: la tierra al recibir esta lluvia se vuelve fangosa.
Aquí se encuentra Cerbero fiera cruel y aviesa, que ladra con las tres cabezas sobre la gente sumergida en el fango.
También Cerbero es un personaje del Averno de Virgilio (Eneida, libro VI, v-417) y la descripción de Dante se basa en la de su maestro. Pero aquí la bestia es más monstruosa, ya que es una descripción entre humana y bestial y por el hecho de que Cerbero traga el fango tirado por Virgilio, no una focaccia embebida de somnífero como sucedía en el viaje de Eneas. Viene descrito con los ojos rojos, la barba grasienta y negra, la panza inflada y las manos con uñas (no "piernas y garras") con las cuales araña los condenados y los lastima. Además con sus gritos los hace enloquecer de tal forma que quisieran ser sordos (vv 32-33). En la mitología Cerbero es símbolo de codicia (por eso lo encontramos en este canto) y también de discordia, por las luchas entre las tres cabezas: no es casualidad que en el canto se hable de las discordias florentinas.
Cuando Cerbero ve a Dante y Virgilio abre la boca y muestra sus colmillos, sin tener calmo ningún músculo. Entonces Virgilio relaja las manos y tira en sus rugientes fauces dos puños de tierra, que la bestia se apresura a comer, como aquellos perros que deseosos de la comida ladran y después se callan apenas la obtienen.

[2] Un contador Geiger es un instrumento que permite medir la radiactividad de un objeto o lugar. Es un detector de partículas y de radiaciones ionizantes
[3] El roentgen es una antigua unidad utilizada para medir el efecto de las radiaciones ionizantes. Se utiliza para cuantificar la exposición radiométrica, es decir, la carga total de iones liberada por unidad de masa de aire seco en condiciones estándar de presión y temperatura. Establecida en 1928, toma su nombre de Wilhelm Röntgen, el descubridor de los rayos X. En la actualidad, la unidad preferida para medir esta magnitud es el Coulomb por kilogramo (C/kg).
Un roentgen equivale a la exposición de una unidad electrostática de carga liberada en un centímetro cúbico de aire. En las unidades del SI, es la exposición recibida por 1 kg de aire si se produce un número de pares de iones equivalente a 2,58 E-4 coulomb. Su notación es así: R= 2.58 . 10 (-4) C/Kg

Camino hacia el abismo



Capítulo 5

Amanda




Bajo el signo de Aries, una pequeña bebé que había nacido al anochecer en una vieja casona y cuyo nacimiento había sido asistido por una partera de campo; Amanda Marcela Gutiérrez Espinosa pesaba alrededor de tres kilos; Su madre después de amamantarla durante más de ocho meses falleció de una septicemia[1],  la que los médicos no pudieron detectar a tiempo y llegado el momento, tampoco curar.
Desde aquel día, la tía de Amanda hizo de madre y cumplió lo mejor que pudo aquel inesperado rol. Su tío que era peón de campo, mejor dicho, empleado de su propia madre, solía emborracharse y abandonar a ambas hembras, su esposa y su sobrina, por días. Amanda tuvo una infancia desdichada, rayana con la infelicidad propia de una chica huérfana. Los quince años se los festejaron con una fiesta a la que concurrieron todos los peones con sus mujeres e hijos en el casco principal de la estancia. Una fiesta sencilla como había pedido su tía. No faltaron ni el vino ni las achuras, lo que no asistió a la fiesta fue la felicidad, en cambio, la desdicha fue la anfitriona de honor en esa ocasión.
Una mujer mata a su esposo y logra escaparle a la absurda ley de campo. Esa historia ha sido contada y no es bueno caer en redundancias narrativas.
Amanda era rebelde, ya por no tener padre ni madre, ya porque su tía no lograba colocarla dentro de los límites. Era a sus dieciocho años una mujer bella, sin pretensiones, sin ambiciones que le quitaran el sueño. Había asistido a la escuela rural donde terminó su escuela primaria, y como es de ser en familias con dinero, también pudo lograr completar sus estudios secundarios.
Ernesto llegó a los diecinueve años, producto de un amorío con uno de los peones de la estancia, una vez había comentado algo sobre aquel peón, que luego fue leído a hurtadillas por su tía en el diario íntimo que guardaba con recelo en su habitación:

¨Estando yo en el jardín de la casona, ví pasar a uno de los peones de mi madre, creo que el más lindo de todos. Pasó a caballo hacia el establo, cuando lo miré él hizo un ademán con su mano que fue como un saludo, me sonrojé hasta la planta de los pies, pero al mismo tiempo sentí algo extraño; me pareció que en aquel instante el tiempo se detuvo, podía oír a lo lejos el canto de los pájaros y el sonido de las aspas del molino que estaba a en los confines de la estancia. Tal vez fue una impresión, pero así lo sentí. A los pocos instantes que el peón había pasado, intenté seguirlo hasta el establo, por la sola  curiosidad de saber quién era aquel hombre.
Llegué al gran portón del establo y entré con la timidez de una adolescente pudorosa. Allí estaba él, cepillando suavemente uno de los animales.
Ahora que lo escribo pienso qué fue realmente lo que me atrajo de aquel tipo que apenas conocía, pero puedo decir –y escribir con certeza en este momento- que fue su belleza exótica la que me atrajo con una fuerza desesperada para ir hacia su encuentro.
Cuando me vio entrar sonrió. Siempre traté de descifrar aquella sonrisa. Con el tiempo, luego de muchos años de recordarla una y otra vez, como alegóricamente uno escucha un redoblar de campanas me di cuenta de que las intenciones que había sacudido su pensamiento en aquel momento, coincidían con aquella sonrisa; no era de cordialidad, sino todo lo contrario, de un sarcasmo asqueroso que solo puede sentir un ignorante que nunca tuvo una mujer de verdad entre sus brazos.
No sé por qué me acerqué a él; tal vez por la curiosidad de sentir lo que creía                          –inocentemente- que él trataría de hacer con migo: charlar sobre los caballos.
Me violó, no importan los detalles, solo recuerdo que me sostenía fuertemente por las muñecas y que mis lágrimas caían por mis pómulos como gotas de lluvia amargas. Aquel asqueroso y repugnante animal, me había quitado la virginidad en apenas unos minutos. Eso fue todo¨.

Augusto Morales –el peón de la estancia- había muerto dos meses después. Lo encontraron ahorcado en el mismo establo donde había cometido su locura. Todos en aquel lugar supieron inmediatamente que se había suicidado, no había dudas de ello, pero los motivos nunca llegaron a conocerse con certeza.
Ocho meses después, Amanda daba a luz en el casco de la estancia a un bebé rubio de ojos pardos al que llamó Ernesto, en memoria de aquel que apunto directo a la frente de Morales mientras el otro imploraba clemencia hasta que por fin, antes de recibir un balazo que lo deje cuadripléjico, decidió tomar la drástica acción que terminó con su miserable vida. El homónimo del recién nacido, llegó en esa sola oportunidad a la estancia, nadie lo vio, nadie supo jamás de él, excepto Amanda.
Ernesto se crió en un ambiente eximio. Nunca fue carente, nunca fue necesitado o privado de nada; su tía y su madre cuidaban de él como quien lo hace con un muñeco de porcelana. El trastorno de Amanda producto de aquella violación hizo que no volviese a acostarse con ningún hombre por un período más que largo de tiempo. Tomaba pastillas para dormir y luego aquello se convirtió en un hábito tan necesario que si no se medicaba cada seis horas, los temblores de sus extremidades eran tales que los médicos creyeron que padecía del mal de Parkinson.
A los treinta años se licenció en Ciencias Biológicas. Su tía había pagado los estudios en Buenos Aires, más precisamente en la Universidad Nacional de la Plata. Vivía en un departamento alquilado con la plata que le era enviada todos los meses, y lo compartía con una compañera de Facultad de otra carrera.
Por supuesto que debió continuar con el tratamiento psiquiátrico, y por supuesto también que debió seguir medicada por sus trastornos de ansiedad con los ansiolíticos más conocidos. Llegó a obsesionarse a tal punto con ellos, que estudió químicamente cada uno de sus componentes para saber cuál era el efecto que éstos le producían al sistema nervioso central. Era –al principio de su investigación- inconcebible cómo una pastilla, un pequeño átomo de algún componente químico, pudiese desconectar, deshabilitar la llave que le producía aquella ansiedad espantosa, aquellos ataques de pánico que la hacían encerrarse en su habitación y recostarse en posición fetal en su cama, moviéndose de un lado a otro, con las manos en la comisura de los labios –a modo de rezo- y hablarle a la pared frases incomprensibles; con los ojos desorbitados y llorosos.
Aquellas pastillas (Seconal), tranquilizaban a Amanda, al menos por tres o cuatro horas. Comenzó ingiriendo dos miligramos diarios, a los pocos meses, para que el químico hiciera el efecto esperado, la dosis había aumentado el triple.
Debía entonces recorrer los hospitales en busca de psiquiatras que le recetaran el barbitúrico para poder obtener las cantidades diarias y mensuales necesarias para subsistir. Posteriormente conoció a un químico, que se dará a conocer mas adelante en esta historia, y que fue el que la ayudó a sintetizar la droga.
C 12 H 18 N 2 O 3. Había que sintetizar esa fórmula química, había que producirla –al principio en cantidades menores, luego en cantidades casi industriales-, para ella misma y para aquellos estudiantes de la universidad que necesitasen dar exámenes sin ansiedad, sin presión. El grupo de Barbie –como estos estudiantes se hicieron llamar- hacía referencia a una metáfora de la palabra barbitúrico.
En esto se parecen Amanda y Sofía, a ambas les atrae de una forma casi sexual por así decirlo, los barbitúricos. Cabe aclarar que el ermitaño con el cual se había encontrado Sofía, nada tiene que ver con el químico que consiguió Amanda para lograr su cometido. En poco tiempo había logrado convertirse en una experta en drogas sintéticas, más precisamente barbitúricos de alta peligrosidad médica.



[1] Infección grave y generalizada de todo el organismo debida a la existencia de un foco infeccioso en el interior del cuerpo del cual pasan gérmenes patógenos a la sangre.

Camino hacia el abismo

Capítulo 4

La invisibilidad

           
            En el pueblo, donde se compraban las provisiones para la semana, Braian Marcelo Pozo, era quien atendía el mercado central. Me enteré en su funeral de que así se llamaba. 
            Yo ví en su mirada, un atisbo de morbosidad. Me recorrió un sudor frío por la espalda que llegó hasta mis pantorrillas. El vestido que llevaba puesto parecía que era transparente ante su mirada. Este tipo que tenía enfrente mío y de Ernesto me desnudaba con la vista perversamente, me desnudaba con la mirada. Me retiré mentalmente de aquel lugar y pensé en el Boro[1]
            Recuerdo o mejor dicho recordé las clases de Química del profesor. Decía que aquel elemento era capaz –si se podía conseguir- de matar casi de manera inmediata a una persona sin dejar rastros en su sangre. Que ese mismo metal no podría ser encontrado mediante un análisis de sangre convencional. Uno más complejo era otra cosa.
            La invisibilidad con la que me sentía en aquel lugar y momento era fantástica, atemporal, sentí el placer de tener en mis manos el frasco de Boro y mezclarlo en la tasa de té de aquel hijo de puta. En alguna ocasión lo conseguiré. -¡van a llevar alguna cosa más!. –No por ahora- dijo Ernesto mientras me miraba para ver si yo aprobaba aquella decisión ya tomada por él. Asentí con la cabeza. -¡una cosa más! Dije. -¡usted dirá señorita!, ¡caía la baba de la boca del cerdo!. -¿Dígame usted donde puedo conseguir algunos materiales de limpieza?. Pregunté con la mejor de las indiferencias.
-¡El señor Eichmann es el químico del pueblo y tiene un almacén bastante completo, allí conseguirá lo que necesita!. –Gracias-. Respondí casi mecánicamente. –Vamos Sofía, tal vez consigamos lo que necesites antes de que se haga la hora de cerrar-.
            -¡De ninguna manera, no puedo ofrecerle ese producto si usted no es un químico matriculado o trabaja para la escuela local. ¡Discúlpeme, buenas tardes!-. Eso fue todo, allí se terminó la conversación con aquel químico.
            Amanda se había concentrado en preparar la cena. –El pollo con papas fritas noissette es lo que más me gusta comer por las noches-. Dijo casi con una mueca desorbitada en los ojos.
            -Entonces es lo que comeremos.
            Sentí que mi madre disfrutaba haciéndome este tipo de comidas que luego vomitaba en no más de un par de horas; de otra manera no hubiese puesto esa cara de satisfacción cuando pronuncio la fatídica palabra: (pollo)…
            -Las papas casi ni se ven, son pequeñas hebras finas que sirven de adorno.
            -Todo, pero todo lo que cocinás es una porquería, pero como tengo que ser lo suficientemente condescendiente contigo voy a decirte que debería gustarme. Pero igualmente no deja de ser una porquería.
            Hubiera querido matarla en aquel momento, pero el tiempo requiere del solo hecho de la minuciosidad de las acciones; al final todo encaja para llevar a cabo lo que siempre se anhela. Sólo debo esperar. Ernesto nunca sabrá la verdad, y si llega a enterarse perdonará, porque creo que me ama…
            Quisiera ser invisible. Hace un año que estoy viviendo aquí, las cosas son siempre iguales, nada cambia, todo se repite recursivamente una y otra vez, una y otra vez; cíclicamente como si esta casa funcionara en sincronía con el sistema solar. En ciertas ocasiones me siento como el centro del universo. Todos me miran, todos me juzgan, todos ven en mi lo que tal vez no vieron en algún otro en algún otro momento. ¡Brillante juego de palabras!. Estoy harta. Ernesto es el único que me motiva a seguir viva, porque sé que en algún momento seremos uno, porque dicen que cuando una mujer y un hombre tienen relaciones, su sangre pasa a ser la misma, o algo así, es como si ambos se fundieran en una misma célula, en un mismo átomo que prospera con el paso del tiempo. Los meses, los años. Eso me mantiene con vida.
            Estos últimos dos meses con la ayuda del químico que esta en el pueblo pude conseguir algo de lo que necesito, no, el Boro no, pero conseguí el medicamento. Ja,ja,ja. ¡El medicamento!, que forma sutil de llamarle a un arma química, porque en definitiva es un arma. A ver: tuve que recurrir a él un par de veces, digamos tres. La primera de ellas fue cuando baje con Ernesto para directamente pedirle el Boro, a lo que no accedió, por supuesto. La segunda de las veces que lo ví, sólo faltó que me fuera con la falda corta; una de las más cortas que tengo. Obviamente que Ernesto se horrorizó con el solo hecho de verme así vestida, pero también sé que lo excitó, porque cuando volvimos subimos directamente a mi habitación. La cosa es que esa segunda vez, mientras estaba sentada en la sala de espera del pequeño almacén (solo había dos sillas que se situaban frente al mostrador); sólo tuve que descruzarme de piernas de una manera digamos…exagerada, y mis partes púdicas sin ropa interior, exhibidas de tal forma al químico hicieron que luego de un par de ruegos y una promesa no solo me entregara la receta que necesitaba para el Secobarbital[2] sino que luego en la tercera visita me contó al oído que tuvo que masturbarse en el baño luego de aquella afrodisíaca visita. Me relamí asquerosamente los labios frente a él y le dije que la próxima vez que nos veamos, si se portaba bien, podría tocar algo de lo que había visto y por lo cual se había causado placer. Abrió tanto los ojos y la boca que creí que iba a morir en aquel instante aquel depravado. Algo de eso también hay en mí, no sé por qué me horrorizo, porque mi mente es tan oscura y retorcida como la de cualquier otra   mujer perdida y abandonada.
            Un auto llegó despacio, las luces apagadas y el color oscuro (azul oscuro) se confundía con el fondo, con el cielo al borde de la costanera de Palermo. El individuo que lo manejaba era ermitaño, huraño y hasta misántropo. Nunca se supo a ciencia cierta cómo lo consiguió contactar Sofía. Nunca se supo (supieron) que ella había robado a su tía quinientos mil pesos que tuvo que hacer depositar en un banco desconocido a un desconocido, salvo por una conexión familiar lejana, aquel dinero en una cuenta secreta, a cambio de que aquel extraño pariente, le girase todos los meses treinta mil pesos cada mes para poder solventar sus gastos.
            Hoy cuando pienso en aquello, siento asco, y haciendo honor a la palabra, quisiera desaparecer. Tuve que degollarla, nadie lo sabe, nadie sabe que debí escapar de aquel pueblo porque el refrán es ya conocido por todos. Cuando enterré el cuchillo en su garganta mientras dormía después de una dosis doble de Pentobarbital[3]      -que le saque con una cogida al pelotudo del veterinario-; (se va a pudrir en el infierno conmigo, la única diferencia es que él no lo sabe, yo si), pensé en un campo verde lleno de margaritas blancas. Los detalles morbosos se los dejo a los depravados, lo único que contaré es que su sangre me manchó la cara, porque le corté la carótida, sólo cortando esa arteria puede salir un chorro de sangre con tanta fuerza incontrolable. Al cabo de dos minutos se desangró en su propia cama sin saberlo, había prestado atención a las clases de anatomía, su cara presentaba todas las características de la Facies Hipocrática. Ja,ja,ja. Que placer ver hundirse sus ojos en la palidez de su arrugado rostro.
Cuando bajó para encontrarse con Sofía, el hombre mantuvo una distancia prudencial, se detuvo a un metro de ella, no tendió su mano para saludarla, solo esbozó un ademán perdido por la oscuridad mortecina de aquella noche.
Algunas esporas pueden impregnarse en guantes de cuero, el que las porta no sufre consecuencias, el que da la mano desnuda a éstas, muere lenta y horriblemente. Es de imaginarse que aquel no quiso arriesgarse.
-¿El Boro?, preguntó secamente Sofía
-Aquí lo tengo, sin preguntas, sin respuestas.
-¡Tu dinero!.
Con pasos lentos, el huraño se montó en su oscuro auto y sin encender las luces se perdió en medio de la arboleda. Aparecerá en alguna otra ocasión, pero una de ellas será la última.
Sofía regresó contenta a la casa, hasta podría decirse orgásmica, había obtenido lo que necesitaba.



[1] El boro es un elemento químico de la tabla periódica que tiene el símbolo B1 y número atómico 5, su masa es de 10,811. Es un elemento metaloide, semiconductor, trivalente que existe abundantemente en el mineral bórax. Hay dos alótropos del boro; el boro amorfo es un polvo marrón, pero el boro metálico es negro. La forma metálica es dura (9,3 en la escala de Mohs) y es un mal conductor a temperatura ambiente. No se ha encontrado libre en la naturaleza.
[2] El secobarbital (Seconal) es un medicamento perteneciente a la clase de los barbitúricos. El secobarbital deprime la actividad cerebral; su acción inhibitoria sobre el sistema nervioso es generalizada.
Es útil en el tratamiento sintomático de la angustia y de la ansiedad. Se usa como sedante y como hipnótico (5 a 15 cg en el primer caso y 20 a 40 cg en el segundo). Deprime el centro respiratorio, por lo tanto su administración debe ser controlada y su venta posible sólo bajo receta.

[3] El pentobarbital es un fármaco de la familia de los barbitúricos sintetizado en 1928 que se puede encontrar en forma de ácido o de sal (la forma salina es poco soluble en agua y etanol1 ). La marca comercial más conocida para este medicamento es el Nembutal, usada por primera vez el 1930, comercializada en forma de sal de sodio.
Es usado solo o en combinación con otros agentes como la fenitoína, en soluciones comerciales inyectables para la eutanasia animal. Algunos nombres comerciales son Euthasol, Euthatal, Euthanyl (en Canadá), Beuthanasia-D, y Fatal Plus.

Despedida

Cuando pensó que llegaría a destino, faltando pocos metros para cruzar el obscuro camino que la llevaría de nuevo a su casa, una mujer se in...